domingo, 17 de abril de 2011

La vida no tiene sentido

-Padre, confieso que deseo quitarme la vida.

-¿Pero porqué hijo?

-Es que… es que…

El hombre mira hacia el suelo, tratando de hilar las palabras. Su mente está hecho un mar de lágrimas y no puede pensar en algo concreto.

-¿Por qué? –pregunta de nuevo el sacerdote.

-Porque esta vida no tiene sentido, padre.

-Lo que pasa, hijo, es que cada quien debe encontrarle sentido a su vida.

-A eso me refiero, padre, precisamente a eso. Esta vida no tiene sentido y uno… y uno se ve obligado a encontrarle un sentido y yo… yo siento que ya no puedo seguir engañándome, padre.

-Es que no se trata de engañarse. Mira, hijo, venimos a esta tierra a…

-Eso ya lo sé, padre, me lo ha dicho tantas veces, pero cada vez pierde sentido, como esta vida.

-Hay hijo, pero es que es la verdad.

-No padre, verdad es que esta vida no tiene sentido y yo ya no quiero continuar con este engaño.

Ambos guardan silencio. Cerca, las campanas de la iglesia comienzan a repicar anunciando misa. Los feligreses se acercan poco a poco, intentando ocupar un buen lugar cerca del altar. El sol comienza a ocultarse detrás de un cerro y sus últimos rayos languidecen en las paredes del edificio.

-Padre, lo voy a hacer hoy mismo.

-No, hijo, espera. Cuando menos dime porqué, porqué has renunciado a seguir luchando.

-Es que, padre, no tiene sentido seguir luchando… Mire, deje que le explique. Estoy harto de que la gente no pueda pensar en otra cosa que no sea dinero. Pensé que si el dinero no existiera estaríamos mucho mejor, pero la verdad es que el hombre tiene un deseo natural por poder y, hoy en día, el dinero es poder. Si algún día el dinero desapareciera, sería porque la humanidad ha encontrado con qué remplazarlo.

»No, no me mire así padre. Es verdad, ya pasó otras veces en la antigüedad. Primero usaron la fuerza, luego a Dios y ahora el dinero. No sé qué vendrá después y no espero que sea algo mejor. Pensé que no importaría, siempre y cuando procure yo vivir una vida tranquila y honrada; pero la verdad es que siento que vivo en un país hecho con plastilina. Todos están hechos de plastilina, padre, y siento que ya no lo soporto.

»La televisión, las revistas, el periódico, la radio, el Internet… Todo, todo, todo lo controlan, lo manipulan, lo hacen a su antojo, nos ponen piernas en lugar de brazos. Y lo peor de todo es que la gente ya no se da cuenta, les han quitado los ojos. Han llegado al punto de pensar que así es la vida, que así siempre ha sido y así siempre será.

»Llevo siete días, padre, siete malditos días tratando de encontrarle sentido a esto que llama vida. Ahora que lo sé, ahora que he visto detrás del espejo, ya no puedo… Ya no puedo, padre.

»Me voy a quitar la vida porque esto no es vida.

La oscuridad les había envuelto sin que ellos se dieran cuenta. Fuera, el murmullo enardeció y el padre salió de su ensimismamiento. Abandonó el confesionario, caminó por la nave principal y entró a un pasillo que le llevaría hasta la parte posterior de la iglesia.

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sábado, 4 de setiembre de 2010

Ingenua felicidad

Aldo estaba cerrando el negocio. Había sido un día bastante bueno, consiguió no solo el dinero para cerrar el día, sino que podría cubrir los gastos de la semana y le quedarían unos pesos para ahorrar. Una sensación de alegría le abrazó el corazón, pues había prometido a Lucía, su hija, que haría todo lo posible por llevarla a conocer el Mar.

Eran ya pasadas de la media noche, la Luna estaba llena y más brillante de lo esperado. Había llovido y las calles aún se mantenían húmedas, por lo que la luz que emitía se esparcía por las calles y llenaba el lugar con un aura un tanto espectral, pero a la vez hermosa. De los techos de las casas y edificios, aún podía verse caer una que otra gota de lluvia que se había quedado retrasada. Estas brillaban al reflejar la luz y daban la impresión de tratarse de finos hilos de plata que se tendían hacia el suelo para desaparecer un instante después, dejando como único rastro una estela ondular en la superficie mojada del suelo.

A decir verdad, la colonia Zamorra, en donde se encuentra el negocio de Aldo, era uno de los distritos más conflictivos y sucios de la ciudad. Siendo aún más sincero, podría decirles que era este un agujero en donde la podredumbre y la violencia se habían decidido a hacer su hogar. Daba la impresión de que ni los cuerpos policíacos ni Dios mismo, querían hacerse responsables de semejante lugar. Sin embargo, y a pesar de tanta crueldad que impregnaba sus paredes, parecía que la gente vivía con un mayor índice de felicidad que en otras partes de la región.

Seguro les costará creerlo, ¿es poco convencional? Pero es tan justo mencionarlo como el mismo hecho de que en estas calles habían ocurrido los hechos más humanos que en toda la historia del hombre se pudieran alguna vez registrar.

Los padres de Aldo, que dicho sea de paso habían fundado el negocio familiar, eran un claro ejemplo de la bondad que esta gente es capaz de expresar. No hacía mucho tiempo habían muerto ambos de una tragedia descomunal, habían sido asesinados y del culpable poco se pudo averiguar. Pero esto no quitaba el sueño a la gente de estas calles, quienes parecían estar acostumbradas a que situaciones como esta ocurrieran todo el tiempo. La gran mayoría de los eruditos que en tiempos postreros les analizaron, dijeron que era muy probable que se hubiesen acostumbrado tanto a una vida tan fiera, que dieron paso a las proezas que hicieron famosa a la ciudad.

Aldo caminaba ahora sobre la calle principal y acababa de pasar la carnicería de don Pedro. Ese vejete cascarrabias le había propinado unas buenas tundas cuando apenas tenía unos ocho años de edad y las repitió con cierta frecuencia los cinco o seis años siguientes. Sería mentir si dijera que Aldo no sufrió en la primera paliza, pero las que siguieron las aceptó de buena gana porque sabía que las tenía bien merecidas.

Las cortinas estaban abajo y las luces apagadas, hacía mucho que don Pedro se había retirado a descansar.

Aldo caminó entre las calles y callejones hasta llegar ante las puertas de su hogar, una vieja casona cuyos techos amenazaban con derrumbarse cualquier día de estos y, contrario a lo que muchos esperaban, seguían demostrando la fortaleza que la familia siempre había querido aparentar. Era una verdadera lástima que estas paredes hubiesen resultado más fuertes que la voluntad de la familia que había morado en ellas por ya casi más de un siglo.

Aldo se apresuró a abrir la puerta y dejar sus llaves, sombrero y reloj en un pequeño estante que se hallaba a unos pasos de la entrada. Se detuvo unos instantes, dio un suspiro y se dijo así mismo: «ha sido un día fenomenal».

Sus pasos resonaron en la estancia como golpes huecos en los tablones de madera. Estaba todo muy oscuro y apenas se podía distinguir una que otra cosa. La luz de la Luna, cada vez más brillante, se filtraba por las cortinas que cubren un par de ventanales en la sala y cuyos vidrios se encuentran despostillados y tan llenos de lodo como el suelo del zaguán.

Se detuvo ante la puerta de una habitación al fondo del pasillo principal, la única cuyo marco resplandecía con la luz titilante de una vela que le hacía danzar con un ritmo tan variable y estrujado, como el corazón mismo de Aldo, cuando este tomó el pestillo y le giró hasta que el pasador se soltó con un sonido frío y apagado.

La puerta cedió y los goznes chillaron mientras se desplazaba hasta un costado en el interior de la habitación.

Podía distinguirse ahora la figura de Estela, su mujer, quien se hallaba sentada en una silla cruzando la estancia y recargada en una ventana que ahora no lo parecía, pues había sido cubierta con gruesos cartones para evitar que la luz del Sol o la Luna, se pudieran filtrar. Tenía los cabellos hechos girones y la falda remangada hasta las rodillas, en las cuales –Aldo no podía apreciarlo por la falta de luz- se lucían enormes llagas recién abiertas por el tiempo que había permanecido hincada a un lado de la cama.

Estela se estremecía, mas no emitía sonido alguno.

Cerca de la puerta, apenas a unos pasos de distancia de donde se hallaba Aldo, una vela casi derretida por completo coronaba una pequeña cama de madera. Las sombras en las sábanas bailaban de un lado a otro, como realizando algún rito que Aldo nunca podría identificar. Bailaban tal vez al son de la muerte, pues esta había llegado poco después de caída la noche y se había marchado con la pequeña Lucía en brazos, reemplazándola con una enorme muñeca de cera, colmada de lamentos, aflicciones y dolor.

El corazón de Aldo cayó al suelo y se fragmentó en mil pedazos, los cuales se esparcieron rápidamente y nunca más los pudo recuperar.

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miércoles, 12 de agosto de 2009

Las lágrimas lavan las penas

Las últimas cuatro cuadras las había corrido tan rápido como sus piernas le permitieron.

Ahora, respirando con dificultad, se apoyaba en una pared gastada y gris, como la de cualquier otra parte de la ciudad.

Miraba hacia atrás porque tenía la impresión de que lo habían seguido, aunque esto difícilmente hubiera sido posible, porque después de el espectáculo que se había armado, apenas unos minutos atrás, cada quién pareció correr por diferentes calles y en busca de diferentes cosas. Daba la impresión de que se trababa de gotas de aceite resbalando por las calles de la ciudad y esparciéndose hasta ocupar las grietas, esparcidas cual si fueran surcos en la tierra.

Miraba hacia atrás y se preguntaba el porqué lo había hecho. Se reprendió una y otra vez, puesto que no podía creer que se hubiese permitido semejante lujo, porque hoy en día una osadía como esa era considerada de extrema opulencia. Ya nadie podía permitirse expresar lo que piensa en estos días, y menos de la forma en la que lo habían llevado a cabo Julio y sus amigos.

¿Amigos?, se repitió varias veces en la cabeza. Amigos lo que se encontraran a tu lado, indicándote el camino, asegurándose que nada malo te ocurriera mientras corrías calle arriba. Amigos los que te cobijan en sus oscuros mantos, para evitar que te encontrasen y te impusieran esa pena que lastima las mentes mas intranquilas, las más innovadoras, las más peligrosas.

No tengo amigos, se dijo, solo cómplices en la lucha por la supervivencia.

Solo entonces miró hacia delante, pensando que podría encontrar una salida, o mejor dicho una entrada a un lugar en el que pudiera pasar desapercibido por lo que restaba del día, del mes o del año. Todo había salido mal, por lo que ya no importaba lo que ocurriera, mientras pudiera salvar el pellejo.

Miró hacia delante y lo que encontró fue al diablo mismo.

-No puedes huir, Julio, ahora vendrás conmigo –dijo aquel ser mitad ángel mitad demonio, cuyos cabellos dorados se expandían de forma tan gloriosa como traicionera.

Pero Julio no pudo más que obedecer. Estaba todo perdido. No le era posible regresar sus pasos y tampoco podía darle la vuelta a ese ser que nada se le escapa, ni la más miserable de las existencias.

Cansado, mirándose los pies, como arrastrando su conciencia, comenzó a caminar detrás de Satanás.

-No me extraña que sepas quien soy, si me permites ser honesto contigo –dijo el maligno, sin siquiera dignarse a mirarle a los ojos.

El diablo se limitó a caminar en pos de una de las paredes al final de un callejón y la atravesó como si esta no existiera.

Julio, quien no parecía asombrado por lo que acabara de presenciar, se acercó lenta y calladamente hasta la pared y frotó una de sus manos contra los ladrillos. Estos eran pequeños y rojizos, dañados por el paso del tiempo, casi grises por la apatía de la gente.

Frotó su mano y los percibió macizos, inquebrantables, inamovibles; y sin embargo caminó en dirección de la pared y la atravesó cual si fuera esta la superficie del agua.

Una vez estando dentro, miró en todas direcciones. Se asombró de no estar asombrado por lo que veía, puesto que su corazón parecía comprender en donde se hallaba.
Al fondo de la habitación, sentado en una butaca de fino roble, se encontraba Satanás sosteniendo una copa de jerez en una de sus manos.

-Toma asiento –ordenó, ladeando ligeramente la copa y permitiendo que un poco del licor se derramara hacia el suelo.

El jerez, una vez en el aire, se evaporó casi tan rápido como caía hacia la madera que cubría el suelo, formando una cortina de vapor multicolor que lentamente sintonizó a Julio, dos años atrás, en una de las escenas que jamás pudo superar.

Julio estaba sentado junto a Ramón, su amigo de toda la vida, y se prometían complicidad pese a todas las circunstancias. Serían amigos en la traición y en la indagación. Serían como dos gotas de agua caminando en la misma dirección, en busca del mar.

Tras unos segundos, la imagen cobró vida y Julio pudo observarse saliendo de la casa de Ramón y cometiendo lo que sería su primer acto de infidelidad. Las imágenes sucedieron unas a otras, la iluminación de la habitación pareció disminuir en intensidad, mientras aquel film se reproducía sin piedad ante los ojos de un cansado, sudoroso, asustado y arrepentido Julio, quien tan solo podía repetirse una y otra vez: “así no fue como ocurrió…”.

Pero, ¿quien puede engañar al diablo? A ese engendro del engaño que mira todo cuanto es, como es y donde esté. ¿Quién puede osar pintarle la escena de otro color, intentando que el castigo pudiera ser mucho menor? Ciertamente, Julio no era ese alguien y dudaba que existiera alguno.

El diablo se disolvió en la habitación, no sin antes torcer la cara como en una mueca, como disfrutando del momento, como aquellas veces cuando uno espera tanto por realizar algo y al final sucede, pero se muestra uno prudente, justo, paciente, condescendiente.

Satanás desapareció y dejó a Julio encerrado en esa habitación llena de recuerdos, aquel que fuera su despacho durante tanto tiempo, pero esta carecía de puertas o ventanas. No había escapatoria y probablemente no la hubiera aún que hallase algún lugar por donde salir. Estaba condenado y no importara a donde fuera, su alma estaba destinada a pagar por todos y cada uno de sus errores.

Julio calló al suelo, de rodillas, y mantuvo la mirada fija en uno de los rincones, justo donde piedra y piedra se unen en un frío y llano gris del que no hay muestra más que inicio y fin. Fin, el mismo que siempre supo que venia y que ahora tendría que enfrentar.

Las lágrimas corrieron por sus mejillas por horas, por días, meses o tal vez años. Uno nunca sabe cuanto tiempo pasa en ese lugar, porque ya no importa, sino lavar la conciencia de uno e intentar que en algún momento, por piedad, por justicia, por perdón u otro regalo de la providencia; su alma pueda liberarse del tormento y flotar libre, tranquila, hacia la paz de la exaltación.

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