Todo ocurrió en el año 1897, cerca de un pueblo llamado Soledad de la Santa Ana. Habían pasado pocos minutos de las doce de la noche, aunque, en realidad, nadie ha podido decir exactamente a que hora sucedió. En la atmósfera, como solía ocurrir en esa temporada, había mucha humedad y la temperatura había descendido más de lo normal. Algunas personas dijeron que al caminar por las calles casi desiertas del pueblo, el aire frío que soplaba hería como espadas heladas que eran arrojadas en todas direcciones.
¿Qué fue lo que lo ocasionó? Sigue siendo una incógnita.
Algunos pobladores de la región han creado diversas historias al respecto, todas haciendo alusión a la virgen María y sus misterios. Otros dijeron, como era de esperarse, que había sido el diablo quien, él mismo, había perpetrado ese hogar, para demostrarle a la gente que existe y que deberían temerle. Más y más historias, similares unas con otras, surgieron por todos lados, siempre con estos dos protagonistas y ninguna respuesta concreta.
Gente de todas partes visitaron el pueblo para conocer los hechos y participar en rituales espirituales, conmocionados por la historia y motivados por ese morbo tan característico en el ser humano. Negocios se abrieron y cerraron, que comerciaban con fragmentos del lugar, como prueba de su existencia. Pronto tales recuerdos fueron falsos y se comercializaron en algunos otros lugares de la región. El turismo fluyó y la economía del pueblo prosperó.
Se construyeron parques y centros comerciales, hoteles y centros de convenciones, plazas, zócalos y zonas residenciales. Pronto, el pueblo se convirtió en una próspera ciudad en miniatura, que con el tiempo creció en todas direcciones, absorbiendo otras poblaciones y gentes. Al cabo de cien años, el viejo pueblo de Soledad, se convirtió en uno de los centros cosmopolita más importantes del país, cambiando su nombre a Solicity.
Al cabo de cien años, ya nadie recordaba ese trágico suceso que dio origen a ciudad tan monumental. Nadie, salvo una vieja que ahora se hallaba en el lecho de muerte, aspirando sus últimas veces.
Apuesto a que, por un momento, también lo olvidaron ustedes. Es la naturaleza del ser humano, olvidar para progresar. Olvidar para poderse perdonar, para mejorar. Pero hay quienes no olvidan, como esta pobre vieja, quien lloró sus últimas lágrimas antes de abandonar este mundo, al que no parecía importarle su sufrimiento, sus sueños e ilusiones destrozadas, su tormento, su vida arruinada y consumida por las lágrimas.
Hay otros que, así como tú, se interesan por lo trágico. Por el dolor del mundo, el cual alimenta sus almas y le da cierto brillo a su ser, a su propia vida. O tan solo se interesan en leer una buena historia. Sea lo que fuere, te diré lo que ocurrió, a riesgo de que te parezca estúpido, comparado con lo que sucedió a continuación. Puesto que nadie sabe exactamente que ocurrió, como, porqué o qué; lo haré dejando volar mi imaginación.
Esa noche, justo cuando la nana Ramona, a la que el niño Luisito solía llamar Nona; se disponía a apagar las velas que iluminaban la casa para irse a la cama, ocurrió que la nana enloqueció. Les podría decir que fue el frío el que hirió su mente, que su devoción por los santos trastornaron su consciente o que el diablo la convenció de cometer tal hecho atroz. Podría decirles esto y mucho más, pero el hecho mismo es que enloqueció hasta un punto poco creíble.
Cuando los padres ya se hallaban en su tercer sueño, cuando la gente del pueblo se hallaba lejos y pendiente de sus propios sueños, cuando ya nadie prestaba atención al frío de la noche, a las espadas que ultrajaban gente; la nana se dirigió al cuarto de Luisito, le sacó de la cama, le desvistió y le llevó a la parte posterior de la casa. Ahí, entre el frío de las rocas y excremento de los puercos, le degolló y separó cada uno de sus miembros. Cortó cada uno de sus ligamentos, dejando el cuerpo del niño desbaratado cual si fuere un rompecabezas. La calidad del corte y la precisión de los mismos dejarían desconcertados a toda la gente.
Al terminar, colocó cada pieza en su lugar. La sangre, congelada y aglutinada, unió las piezas el tiempo suficiente, hasta que los padres se despertaron y descubrieron su suerte.
Nona desapareció esa noche y ya nadie volvería a reconocerle, salvo ella misma, quien vivió muchos años, los suficientes para ver transformado el pueblo desde una distancia prudente.
Esta noche, después de llorarle a Dios con fe ferviente, después de intentarlo por su cuenta muchas veces, después de desvanecerse por las noches y rearmase por las mañanas; Nona murió, esperando que sus lágrimas lavaran su alma y enjuagaran su suerte. Esperando que el fuego del infierno fuese lo suficientemente caliente, como para reducir a cenizas su agonía, para apagar su mente.
Sus últimas lágrimas fueron negras. Nadie comprendió nunca el porqué.
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domingo, 17 de mayo de 2009
jueves, 25 de septiembre de 2008
Sueños en una cama fría
Corría el año 2045 y parecía que éste sería el último que Lauro vería. Su cuerpo, llagado y consumido por el dolor y la pena, se encontraba en cama desde hacía un año. Su alma, agobiada y consumida por la pena y la desilusión, se hallaba flotando en una nada que parecía robarle poco a poco la vida.
Estaba Lauro condenado a pasar los últimos instantes de su vida conectado a un respirador artificial. La gente que le rodeaba no lograba establecer una conexión ni siquiera similar con él y pronto se fastidiaron de verle sufrir y morir. A partir de ese momento, Lauro quedó abandonado a los martirios de una muerte lenta, dolorosa y solitaria.
Podía decirse entonces que no sentía dolor alguno. Que su alma le había abandonado desde hacía mucho tiempo, puesto que su cuerpo no demostraba verse afectado por el frío o el contacto humano. Sin embargo, las leyes del estado prohibían retirarle el aquel oxígeno que le mantenía vivo, hasta que familiar alguno le concediera aquella gracia mortal y el final de su agonía.
Una noche, tras un trágico accidente en el que el hospital se vio superado en su capacidad, fue desconectado de sus máquinas y abandonado en un viejo pasillo del edificio. Poca gente se enteró de su estancia en este frío y hostil lugar, y la que pudo enterarse no logró hacerlo debido a que Lauro no dio muestras de incomodidad o aflicción.
Abandonado a su cruel destino, del que ya no tenía caso escapar, Lauro se refugió en lo más profundo de su imaginación. Visitó su hogar, su familia y todo lo que pudo recordar. Evitó aquellos momentos que le arrebataron la felicidad. Viajó por mucho tiempo, entonces, hasta que su cuerpo se apagó y las cadenas que le ataban a este mundo se rompieron y le concedieron su anhelada libertad.
Estaba Lauro condenado a pasar los últimos instantes de su vida conectado a un respirador artificial. La gente que le rodeaba no lograba establecer una conexión ni siquiera similar con él y pronto se fastidiaron de verle sufrir y morir. A partir de ese momento, Lauro quedó abandonado a los martirios de una muerte lenta, dolorosa y solitaria.
Podía decirse entonces que no sentía dolor alguno. Que su alma le había abandonado desde hacía mucho tiempo, puesto que su cuerpo no demostraba verse afectado por el frío o el contacto humano. Sin embargo, las leyes del estado prohibían retirarle el aquel oxígeno que le mantenía vivo, hasta que familiar alguno le concediera aquella gracia mortal y el final de su agonía.
Una noche, tras un trágico accidente en el que el hospital se vio superado en su capacidad, fue desconectado de sus máquinas y abandonado en un viejo pasillo del edificio. Poca gente se enteró de su estancia en este frío y hostil lugar, y la que pudo enterarse no logró hacerlo debido a que Lauro no dio muestras de incomodidad o aflicción.
Abandonado a su cruel destino, del que ya no tenía caso escapar, Lauro se refugió en lo más profundo de su imaginación. Visitó su hogar, su familia y todo lo que pudo recordar. Evitó aquellos momentos que le arrebataron la felicidad. Viajó por mucho tiempo, entonces, hasta que su cuerpo se apagó y las cadenas que le ataban a este mundo se rompieron y le concedieron su anhelada libertad.
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jueves, 14 de agosto de 2008
Triste final para un amor sin final
En una noche de luna llena, instantes antes del amanecer, dos amantes se encontraron a la orilla del lago Tamaris. Solían verse todas las noches a escondidas, puesto que sus padres no podían permitirles verse el uno al otro. Tampoco podían pensar en comprometerse, pues hubiese sido lo mismo que arrojar las manos al fuego. Sin embargo, se conformaban con vivir esta mágica aventura que se repetía noche tras noche y parecía nunca terminar.
El hecho es que todos los días, muy temprano por la mañana -justo antes de salir el Sol-, nuestros queridos amantes se entregaban en un beso apasionado que les mantenía en un trance que duraba toda la mañana y hasta el día siguiente, cuando regresaban por más. Vivían ellos enamorados, encantados uno del otro, ignorando que a sus espaldas una terrible tragedia teñiría de rojo su dulce fulgor.
El amante, durante el día, ayudaba a su padre en los negocios de la familia. No era este un muchacho al que se le dieran fácilmente los números, pero contaba con una astucia que solo su padre podía igualar. Por las tardes montaba a caballo y en ocasiones solía asistir a una que otra reunión en la que su presencia no podía faltar.
La novia, por lo contrario, venia de una familia humilde que se encargaba de limpiar las caballerizas del lugar. Su padre había trabajado como mozo por mucho tiempo para la familia del novio, pero poco a poco su honor fue decayendo hasta quedar recluido en la penosa tarea de limpiar el estiércol de los finos caballos que aquella casa magna solía comprar.
Cierta noche, camino hacia el lago, el novio, sintió una terrible ansiedad de poseer a su amada no solo de noche, sino de día por igual. Sintió que el beso de aquella mañana ya no le satisfacía tanto como el del día anterior, por lo que pasó las siguiente semanas, casi como un fantasma, tratando de figurar una oportunidad de presentar a su amor ante los ojos de los demás. Sabía muy bien que no era tarea sencilla, pues su padre fácilmente podría mandarlo a encerrar por un tiempo o a su querida estrella mandarla a matar.
Estuvo el novio así varios meses hasta que un viejo amigo le sugirió el visitar una vieja bruja que vivía a unos cuantos kilómetros de su hogar. Fue así como él, fascinado con la idea de tener a su amor, le compró a esta señora, a cambio de unas cuantas monedas, la terrible solución que les voy a relatar.
-Dale de beber de este vino –dijo la frágil señora- y no olvides que toda la botella se tienen que terminar. Hasta la última gota y, cuando ya nada quede en la copa, vístela con seda blanca y en una yegua blanca hazla montar. Que galope toda la noche hasta llegar a las puertas de tu padre, quien la recibirá como un noble que pronto tú habrás de desposar.
La noche siguiente, según le había dicho la anciana, llevó la botella a su amada y pronto le platicó del plan. Bebieron hasta secar la botella. La envolvió con una fina capa de seda y en su mejor yegua le hizo montar. Le mando un último beso por aire y le obligó a cabalgar.
Llegó la mañana siguiente y de la novia no se supo más. El novio, afligido, recorrió el camino de arriba abajo por varias semanas más. Finalmente, una mañana, mientras él se encontraba buscándola como ya solía acostumbrar; encontró la capa de seda flotando en el lago en la parte central. Corrió entonces el novio, se lanzó a las frías aguas del lago y llegó hasta donde se encontraba la capa como si fuese esta un altar. Era la misma, no cabía duda, un leve aroma, aún impregnado en la ropa, de su más preciado amor aún se podía disfrutar.
Fue tanto su dolor, rabia y desesperación; que dejó de nadar y su cuerpo al fondo del lago se fue a depositar. Desde ese momento, él y su amada, flotaron todas las noches sobre la orilla del lago que alguna vez les viera besar.
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El hecho es que todos los días, muy temprano por la mañana -justo antes de salir el Sol-, nuestros queridos amantes se entregaban en un beso apasionado que les mantenía en un trance que duraba toda la mañana y hasta el día siguiente, cuando regresaban por más. Vivían ellos enamorados, encantados uno del otro, ignorando que a sus espaldas una terrible tragedia teñiría de rojo su dulce fulgor.
El amante, durante el día, ayudaba a su padre en los negocios de la familia. No era este un muchacho al que se le dieran fácilmente los números, pero contaba con una astucia que solo su padre podía igualar. Por las tardes montaba a caballo y en ocasiones solía asistir a una que otra reunión en la que su presencia no podía faltar.
La novia, por lo contrario, venia de una familia humilde que se encargaba de limpiar las caballerizas del lugar. Su padre había trabajado como mozo por mucho tiempo para la familia del novio, pero poco a poco su honor fue decayendo hasta quedar recluido en la penosa tarea de limpiar el estiércol de los finos caballos que aquella casa magna solía comprar.
Cierta noche, camino hacia el lago, el novio, sintió una terrible ansiedad de poseer a su amada no solo de noche, sino de día por igual. Sintió que el beso de aquella mañana ya no le satisfacía tanto como el del día anterior, por lo que pasó las siguiente semanas, casi como un fantasma, tratando de figurar una oportunidad de presentar a su amor ante los ojos de los demás. Sabía muy bien que no era tarea sencilla, pues su padre fácilmente podría mandarlo a encerrar por un tiempo o a su querida estrella mandarla a matar.
Estuvo el novio así varios meses hasta que un viejo amigo le sugirió el visitar una vieja bruja que vivía a unos cuantos kilómetros de su hogar. Fue así como él, fascinado con la idea de tener a su amor, le compró a esta señora, a cambio de unas cuantas monedas, la terrible solución que les voy a relatar.
-Dale de beber de este vino –dijo la frágil señora- y no olvides que toda la botella se tienen que terminar. Hasta la última gota y, cuando ya nada quede en la copa, vístela con seda blanca y en una yegua blanca hazla montar. Que galope toda la noche hasta llegar a las puertas de tu padre, quien la recibirá como un noble que pronto tú habrás de desposar.
La noche siguiente, según le había dicho la anciana, llevó la botella a su amada y pronto le platicó del plan. Bebieron hasta secar la botella. La envolvió con una fina capa de seda y en su mejor yegua le hizo montar. Le mando un último beso por aire y le obligó a cabalgar.
Llegó la mañana siguiente y de la novia no se supo más. El novio, afligido, recorrió el camino de arriba abajo por varias semanas más. Finalmente, una mañana, mientras él se encontraba buscándola como ya solía acostumbrar; encontró la capa de seda flotando en el lago en la parte central. Corrió entonces el novio, se lanzó a las frías aguas del lago y llegó hasta donde se encontraba la capa como si fuese esta un altar. Era la misma, no cabía duda, un leve aroma, aún impregnado en la ropa, de su más preciado amor aún se podía disfrutar.
Fue tanto su dolor, rabia y desesperación; que dejó de nadar y su cuerpo al fondo del lago se fue a depositar. Desde ese momento, él y su amada, flotaron todas las noches sobre la orilla del lago que alguna vez les viera besar.
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miércoles, 5 de marzo de 2008
Triste desaparición
Era un sábado por la noche, muy entrada ya la noche, cuando se ha escuchado el primer grito de dolor. Cuando ya todos estaban en cama, en el suelo o en el patio, inconscientes por el sueño, digeridos por el sopor; cuando el grito se elevó hasta los confines de la tierra y desapareció entre las nubes y más allá de las estrellas, hasta que no quedó más que el respingo que de la cama a mucha gente sacó.
Este grito, el cual nunca antes había ocurrido, fue el mismo que a don Teófilo le hizo pensar que el día que tanto temía se acercaba ya por la ventana y le bañaba de llanto los pies. ¡Qué horror! ¡Qué fastidio! Este señor se ha tirado al piso y con sus lágrimas ha formado un río que lleva entre la corriente trazos de dolor y desesperación.
Una brisa de aire frío se mezcla lentamente con los suspiros de la gente, quienes, sin prestarle mucho de su consciente, se entregan a ese placer que solo se da por las noches y que tanto nos hace bien.
El caso es que ese grito, que tenía a don Teófilo con la cara en el piso, ha sido la señal que alguna vez habría de llegar, bien lo sabía este viejito. “Llegará y el dolor te consumirá” fueron las palabras que el espectro había alcanzado a pronunciar.
Dolor. No había otra cosa en su cuerpo. Dolor, lágrimas y más dolor. Su carne se desintegró con cada suspiro. Con cada lágrima sus pecados lavó. Cuando la última gota hubo llegado al suelo, un segundo grito manó del mismo y por las calles del pueblo vagó.
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Este grito, el cual nunca antes había ocurrido, fue el mismo que a don Teófilo le hizo pensar que el día que tanto temía se acercaba ya por la ventana y le bañaba de llanto los pies. ¡Qué horror! ¡Qué fastidio! Este señor se ha tirado al piso y con sus lágrimas ha formado un río que lleva entre la corriente trazos de dolor y desesperación.
Una brisa de aire frío se mezcla lentamente con los suspiros de la gente, quienes, sin prestarle mucho de su consciente, se entregan a ese placer que solo se da por las noches y que tanto nos hace bien.
El caso es que ese grito, que tenía a don Teófilo con la cara en el piso, ha sido la señal que alguna vez habría de llegar, bien lo sabía este viejito. “Llegará y el dolor te consumirá” fueron las palabras que el espectro había alcanzado a pronunciar.
Dolor. No había otra cosa en su cuerpo. Dolor, lágrimas y más dolor. Su carne se desintegró con cada suspiro. Con cada lágrima sus pecados lavó. Cuando la última gota hubo llegado al suelo, un segundo grito manó del mismo y por las calles del pueblo vagó.
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