miércoles, 5 de marzo de 2008
Triste desaparición
Este grito, el cual nunca antes había ocurrido, fue el mismo que a don Teófilo le hizo pensar que el día que tanto temía se acercaba ya por la ventana y le bañaba de llanto los pies. ¡Qué horror! ¡Qué fastidio! Este señor se ha tirado al piso y con sus lágrimas ha formado un río que lleva entre la corriente trazos de dolor y desesperación.
Una brisa de aire frío se mezcla lentamente con los suspiros de la gente, quienes, sin prestarle mucho de su consciente, se entregan a ese placer que solo se da por las noches y que tanto nos hace bien.
El caso es que ese grito, que tenía a don Teófilo con la cara en el piso, ha sido la señal que alguna vez habría de llegar, bien lo sabía este viejito. “Llegará y el dolor te consumirá” fueron las palabras que el espectro había alcanzado a pronunciar.
Dolor. No había otra cosa en su cuerpo. Dolor, lágrimas y más dolor. Su carne se desintegró con cada suspiro. Con cada lágrima sus pecados lavó. Cuando la última gota hubo llegado al suelo, un segundo grito manó del mismo y por las calles del pueblo vagó.
.
jueves, 14 de febrero de 2008
El amor mata
Suspiraba y suspiraba, reía y reía, soñaba y soñaba; mientras abría el portón. Cuando estuvo dentro, en casa, encendió las luces y el televisor, sintió un vacío en su interior.
Se arropó con una frazada y se recostó en el sillón de la sala, los sonidos del televisor iban y venían, inundaban la habitación, mas él ya no los escuchaba. Soñaba.
Llegó el sueño y le llevó a visitar bellos parajes, llenos de rosales, aves, niños, risas y mil cosas felices más; y cerca, muy cerca, en una banca de blanca piedra, en posición de “tu y yo”, se encontraba esperando su amor. Flotaba.
Cuando despertó, caminó hasta su cama, se metió entre las sábanas y dejó que un frío intenso, albergado en las sábanas de seda, le recorriera la espalda, hombros, cuello, cabeza y pudor. El sueño continuó.
Despertó muy tarde la otra mañana, se lavó muy rápido la boca y la cara. Se puso ropa limpia, zapatos y cinturón. Salió a la calle y caminó para alcanzar el camión. Esperó.
Llegó la noche y él seguía esperando, enfurecido, triste, llorando y lleno de dolor. Pasaron mil camiones y ninguno le llevó. Pasaron perros y ninguno le ladró. Pedrito, su vecino, de apenas unos 8 años de edad, ni si quiera le miro.
Lloraba, de una forma incontrolable, porque a un costado, en el suelo, una silueta blanca adornaba el suelo. Una muerte fresca y joven, marcada con tiza, pintada con resignación.
Al mirarla, recordó el instante, justo al cruzar la última calle, exactamente la noche anterior, en el que un deportivo negro le arrancó su más tierna ilusión.
martes, 22 de enero de 2008
El más grande tesoro
La sangre corría por sus labios, como cabellos al viento, guiados por las formas caprichosas del rostro de Augusto. El sabor lo extasiaba, le hacía desprender los pies del suelo y le llevaba a visitar parajes incomprendidos, entintados de noche amarga y de tristeza tranquila.
Hacía algún tiempo que había deseado encontrar en el mundo placer sin igual, pero no lo habría hallado en cosa hecha por manos de hombre. Visitó ruinas, templos, palacios y torres. Cruzó los mares, por arriba y por debajo, rastreando en el místico aroma del mar, un sabor a inocencia, un dejo de ansiedad y una pizca de soledad.
Al cabo de una vida de buscar sin encontrar, concluyó que la maravilla que le mantenía en un siempre despertar amargo, en una fría sábana de desilusiones, rodeado de almohadones rellenos de tristeza y bañados en llanto; un instinto, oculto hasta entonces en lo más oscuro de su ser, le hizo despertar de ese sueño inhóspito que le amarraba entre lazos de desesperación y le llevó al acto que más tarde otros habrían de lamentar.
Esta última mañana que tanto prodigio le trajo al corazón, sintió un deseo incontrolable por descifrar la maravilla más increíble de todo el universo: la vida. Se dejó llevar entonces por un pensamiento no aprobado y bebió de su sangre hasta que le hubo trasportado al otro lado del umbral que no había podido encontrar hasta entonces.
Fue así como el tesoro que tanto codiciaba llegó a su alma, y a su gente, la paz que sus corazones añoraban.