En una noche de luna llena, instantes antes del amanecer, dos amantes se encontraron a la orilla del lago Tamaris. Solían verse todas las noches a escondidas, puesto que sus padres no podían permitirles verse el uno al otro. Tampoco podían pensar en comprometerse, pues hubiese sido lo mismo que arrojar las manos al fuego. Sin embargo, se conformaban con vivir esta mágica aventura que se repetía noche tras noche y parecía nunca terminar.
El hecho es que todos los días, muy temprano por la mañana -justo antes de salir el Sol-, nuestros queridos amantes se entregaban en un beso apasionado que les mantenía en un trance que duraba toda la mañana y hasta el día siguiente, cuando regresaban por más. Vivían ellos enamorados, encantados uno del otro, ignorando que a sus espaldas una terrible tragedia teñiría de rojo su dulce fulgor.
El amante, durante el día, ayudaba a su padre en los negocios de la familia. No era este un muchacho al que se le dieran fácilmente los números, pero contaba con una astucia que solo su padre podía igualar. Por las tardes montaba a caballo y en ocasiones solía asistir a una que otra reunión en la que su presencia no podía faltar.
La novia, por lo contrario, venia de una familia humilde que se encargaba de limpiar las caballerizas del lugar. Su padre había trabajado como mozo por mucho tiempo para la familia del novio, pero poco a poco su honor fue decayendo hasta quedar recluido en la penosa tarea de limpiar el estiércol de los finos caballos que aquella casa magna solía comprar.
Cierta noche, camino hacia el lago, el novio, sintió una terrible ansiedad de poseer a su amada no solo de noche, sino de día por igual. Sintió que el beso de aquella mañana ya no le satisfacía tanto como el del día anterior, por lo que pasó las siguiente semanas, casi como un fantasma, tratando de figurar una oportunidad de presentar a su amor ante los ojos de los demás. Sabía muy bien que no era tarea sencilla, pues su padre fácilmente podría mandarlo a encerrar por un tiempo o a su querida estrella mandarla a matar.
Estuvo el novio así varios meses hasta que un viejo amigo le sugirió el visitar una vieja bruja que vivía a unos cuantos kilómetros de su hogar. Fue así como él, fascinado con la idea de tener a su amor, le compró a esta señora, a cambio de unas cuantas monedas, la terrible solución que les voy a relatar.
-Dale de beber de este vino –dijo la frágil señora- y no olvides que toda la botella se tienen que terminar. Hasta la última gota y, cuando ya nada quede en la copa, vístela con seda blanca y en una yegua blanca hazla montar. Que galope toda la noche hasta llegar a las puertas de tu padre, quien la recibirá como un noble que pronto tú habrás de desposar.
La noche siguiente, según le había dicho la anciana, llevó la botella a su amada y pronto le platicó del plan. Bebieron hasta secar la botella. La envolvió con una fina capa de seda y en su mejor yegua le hizo montar. Le mando un último beso por aire y le obligó a cabalgar.
Llegó la mañana siguiente y de la novia no se supo más. El novio, afligido, recorrió el camino de arriba abajo por varias semanas más. Finalmente, una mañana, mientras él se encontraba buscándola como ya solía acostumbrar; encontró la capa de seda flotando en el lago en la parte central. Corrió entonces el novio, se lanzó a las frías aguas del lago y llegó hasta donde se encontraba la capa como si fuese esta un altar. Era la misma, no cabía duda, un leve aroma, aún impregnado en la ropa, de su más preciado amor aún se podía disfrutar.
Fue tanto su dolor, rabia y desesperación; que dejó de nadar y su cuerpo al fondo del lago se fue a depositar. Desde ese momento, él y su amada, flotaron todas las noches sobre la orilla del lago que alguna vez les viera besar.
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jueves, 14 de agosto de 2008
miércoles, 5 de marzo de 2008
Triste desaparición
Era un sábado por la noche, muy entrada ya la noche, cuando se ha escuchado el primer grito de dolor. Cuando ya todos estaban en cama, en el suelo o en el patio, inconscientes por el sueño, digeridos por el sopor; cuando el grito se elevó hasta los confines de la tierra y desapareció entre las nubes y más allá de las estrellas, hasta que no quedó más que el respingo que de la cama a mucha gente sacó.
Este grito, el cual nunca antes había ocurrido, fue el mismo que a don Teófilo le hizo pensar que el día que tanto temía se acercaba ya por la ventana y le bañaba de llanto los pies. ¡Qué horror! ¡Qué fastidio! Este señor se ha tirado al piso y con sus lágrimas ha formado un río que lleva entre la corriente trazos de dolor y desesperación.
Una brisa de aire frío se mezcla lentamente con los suspiros de la gente, quienes, sin prestarle mucho de su consciente, se entregan a ese placer que solo se da por las noches y que tanto nos hace bien.
El caso es que ese grito, que tenía a don Teófilo con la cara en el piso, ha sido la señal que alguna vez habría de llegar, bien lo sabía este viejito. “Llegará y el dolor te consumirá” fueron las palabras que el espectro había alcanzado a pronunciar.
Dolor. No había otra cosa en su cuerpo. Dolor, lágrimas y más dolor. Su carne se desintegró con cada suspiro. Con cada lágrima sus pecados lavó. Cuando la última gota hubo llegado al suelo, un segundo grito manó del mismo y por las calles del pueblo vagó.
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Este grito, el cual nunca antes había ocurrido, fue el mismo que a don Teófilo le hizo pensar que el día que tanto temía se acercaba ya por la ventana y le bañaba de llanto los pies. ¡Qué horror! ¡Qué fastidio! Este señor se ha tirado al piso y con sus lágrimas ha formado un río que lleva entre la corriente trazos de dolor y desesperación.
Una brisa de aire frío se mezcla lentamente con los suspiros de la gente, quienes, sin prestarle mucho de su consciente, se entregan a ese placer que solo se da por las noches y que tanto nos hace bien.
El caso es que ese grito, que tenía a don Teófilo con la cara en el piso, ha sido la señal que alguna vez habría de llegar, bien lo sabía este viejito. “Llegará y el dolor te consumirá” fueron las palabras que el espectro había alcanzado a pronunciar.
Dolor. No había otra cosa en su cuerpo. Dolor, lágrimas y más dolor. Su carne se desintegró con cada suspiro. Con cada lágrima sus pecados lavó. Cuando la última gota hubo llegado al suelo, un segundo grito manó del mismo y por las calles del pueblo vagó.
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Escrito por
Unknown
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jueves, 14 de febrero de 2008
El amor mata
Pensaba en su suerte, en su vida, en su hambre y en su amor; cuando caminaba de regreso a casa. Pensaba en la risa, en la vida, en la brisa y en su amada; cuando cruzaba la última calle, cerca de su hogar.
Suspiraba y suspiraba, reía y reía, soñaba y soñaba; mientras abría el portón. Cuando estuvo dentro, en casa, encendió las luces y el televisor, sintió un vacío en su interior.
Se arropó con una frazada y se recostó en el sillón de la sala, los sonidos del televisor iban y venían, inundaban la habitación, mas él ya no los escuchaba. Soñaba.
Llegó el sueño y le llevó a visitar bellos parajes, llenos de rosales, aves, niños, risas y mil cosas felices más; y cerca, muy cerca, en una banca de blanca piedra, en posición de “tu y yo”, se encontraba esperando su amor. Flotaba.
Cuando despertó, caminó hasta su cama, se metió entre las sábanas y dejó que un frío intenso, albergado en las sábanas de seda, le recorriera la espalda, hombros, cuello, cabeza y pudor. El sueño continuó.
Despertó muy tarde la otra mañana, se lavó muy rápido la boca y la cara. Se puso ropa limpia, zapatos y cinturón. Salió a la calle y caminó para alcanzar el camión. Esperó.
Llegó la noche y él seguía esperando, enfurecido, triste, llorando y lleno de dolor. Pasaron mil camiones y ninguno le llevó. Pasaron perros y ninguno le ladró. Pedrito, su vecino, de apenas unos 8 años de edad, ni si quiera le miro.
Lloraba, de una forma incontrolable, porque a un costado, en el suelo, una silueta blanca adornaba el suelo. Una muerte fresca y joven, marcada con tiza, pintada con resignación.
Al mirarla, recordó el instante, justo al cruzar la última calle, exactamente la noche anterior, en el que un deportivo negro le arrancó su más tierna ilusión.
Suspiraba y suspiraba, reía y reía, soñaba y soñaba; mientras abría el portón. Cuando estuvo dentro, en casa, encendió las luces y el televisor, sintió un vacío en su interior.
Se arropó con una frazada y se recostó en el sillón de la sala, los sonidos del televisor iban y venían, inundaban la habitación, mas él ya no los escuchaba. Soñaba.
Llegó el sueño y le llevó a visitar bellos parajes, llenos de rosales, aves, niños, risas y mil cosas felices más; y cerca, muy cerca, en una banca de blanca piedra, en posición de “tu y yo”, se encontraba esperando su amor. Flotaba.
Cuando despertó, caminó hasta su cama, se metió entre las sábanas y dejó que un frío intenso, albergado en las sábanas de seda, le recorriera la espalda, hombros, cuello, cabeza y pudor. El sueño continuó.
Despertó muy tarde la otra mañana, se lavó muy rápido la boca y la cara. Se puso ropa limpia, zapatos y cinturón. Salió a la calle y caminó para alcanzar el camión. Esperó.
Llegó la noche y él seguía esperando, enfurecido, triste, llorando y lleno de dolor. Pasaron mil camiones y ninguno le llevó. Pasaron perros y ninguno le ladró. Pedrito, su vecino, de apenas unos 8 años de edad, ni si quiera le miro.
Lloraba, de una forma incontrolable, porque a un costado, en el suelo, una silueta blanca adornaba el suelo. Una muerte fresca y joven, marcada con tiza, pintada con resignación.
Al mirarla, recordó el instante, justo al cruzar la última calle, exactamente la noche anterior, en el que un deportivo negro le arrancó su más tierna ilusión.
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